Antes de empezar a explicar lo que significa nuestro nietecito, quiero darle las gracias a la Asociación Nacional de Síndrome de Down (NADS)  por darnos la oportunidad de poder expresar nuestras experiencias y por su apoyo a padres, abuelos y familia en general. Es una ayuda que se le da a todas las personas que no entienden que es el síndrome de Down y que normalmente conlleva un estado de inquietud, miedo, preocupación y culpabilidad. Por eso, cuando encontramos este tipo de asociaciones que nos reciben con cariño y apoyo, y que comprenden los sentimientos que enfrentamos, los consejos de sus miembros, –personas profesionales y sobretodo humanas—son invaluables. Por todo ello, no nos cansamos de orar y dar las gracias por haber tenido la suerte de encontrar a NADS.

Abuelos orgullososPara nosotros, Elías ha sido una bendición.  Nos sentimos afortunados de tener la oportunidad de tenerlo y cuidarlo cada día. Nosotros consideramos la experiencia con nuestro niño lindo como un regalo de Dios.

Al principio, fue muy fuerte enteramos de que él tenía síndrome de Down. En ese momento le pedimos una y otra vez a Dios que nos enseñara como ayudar a nuestra hija, su mamá. No sabíamos cómo íbamos a cuidar a nuestro Elías. Ahora, con el paso del tiempo, nos damos cuenta de que más bien ha sido él quien nos ha enseñado a ser más agradecidos con la vida.

Lo que uno ve natural en la mayoría de los niños que nacen sin síndrome de Down, ya no lo es en los que lo padecen. Por ejemplo, en un niño típico, simplemente esperamos que por sí mismo camine, hable y aprenda. Pero  con Elías tenemos la dicha de que cada vez que él logra alguna de estas metas, lo celebramos en grande porque hemos trabajo junto a él en todo momento, nos hemos movido con él y finalmente lo ha logrado.

Recuerdo cuando Elías tenía un año. Era verano y yo, su abuelita, tenía la costumbre de pasearlo en su cochecito. Llegamos al parque y ahí me senté a descansar en una banca.  El se quedó mirando los árboles que se movían con el viento y los señalaba como queriéndolos tocar.  Cuando se movían las hojas, él se reía y hacía ruidos con su boca como si quisiera hablar con los árboles. Sus gestos hicieron que yo, por primera vez, notara el movimiento de las hojas, su ritmo y forma.  Nunca antes me había percatado de tales detalles. En ese momento, Eli –como lo llamamos con cariño– me enseñó a apreciar más la naturaleza y desde entonces hemos apreciado cada uno de sus logros.

Sabemos que con calma y paciencia, Elías lo puede todo y estamos muy orgullosos.  Tenemos un niño inteligente, no me cabe duda. Como cualquier niño, él puede aprender, sólo que poco a poco, despacito. ¡Y sus logros son una gran bendición!

Abuelos orgullosos de Elías
Ignacio y Beatriz Z. Álvarez

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